Del
Libro: Canto
General
de Pablo
Neruda
Poema completo
En Cajamarca empezò la
agonía.
El
joven Atahualpa, estambre
azul, árbol insigne, escuchò al
viento
traer rumor de
acero. Era un confuso
brillo y temblor desde la
costa, un galope increíble
-piafar y poderío
- de hierro y hierro entre la
hierba.
Llegaron los
adelantados. El Inca saliò de la música
rodeado por los
señores.
Las
visitas de otro planeta, sudadas y
barbudas,
iban a hacer la
reverencia.
El
capellán Valverde, corazòn traidor, chacal
podrido,
adelanta un extraño objeto, un
trozo de cesto, un fruto
tal vez de aquel
planeta de donde vienen los caballos.
Atahualpa lo toma. No
conoce de qué se trata: no brilla, no
suena,
y lo deja caer
sonriendo. "Muerte,
venganza, matad, que os
absuelvo", grita el chacal de la cruz
asesina.
El trueno acude hacia los
bandoleros. Nuestra sangre en su cuna es
derramada.
Los príncipes rodean como un
coro al Inca, en la hora
agonizante.
Diez mil
peruanos caen
bajo cruces y espadas, la
sangre moja las vestiduras de Atahualpa.
Pizarro, el cerdo cruel de
Extremadura hace amarrar los delicados brazos
del Inca. La noche ha
descendido sobre el Perú como una brasa
negra.
La línea
colorada
Más tarde
levantò la fatigada
mano el monarca, y más
arriba de las frentes de los bandidos,
tocò los
muros. Allí trazaron
la línea
colorada. Tres cámaras
había que llenar de oro y de
plata, hasta esa línea de su sangre.
Rodò la rueda de oro, noche y
noche. La rueda del martirio día y noche.
Arañaron la
tierra, descolgaron
alhajas hechas con amor y
espuma, arrancaron la ajorca de la novia,
desampararon a sus
dioses. El labrador entregò su medalla,
el pescador su bota de
oro, y las rejas temblaron
respondiendo
mientras mensaje y voz por las
alturas iba la rueda del oro rodando.
Entonces tigre y tigre se
reunieron y repartieron la sangre y las
lágrimas.
Atahualpa
esperaba levemente
triste en el escarpado día
andino. No se abrieron las puertas. Hasta la
última
joya los buitres
dividieron: las turquesas rituales, salpicadas
por la carnicería, el
vestido laminado de plata: las uñas
bandoleras
iban midiendo y la
carcajada del fraile entre los verdugos
escuchaba el rey con
tristeza.
Era
su corazòn un vaso lleno de una congoja amarga como
la esencia amarga de la
quina. Pensò en sus límites, en el alto
Cuzco,
en las princesas, en su
edad, en el escalofrío de su
reino.
Maduro estaba por dentro, su
paz desesperada era tristeza. Pensò en
Huáscar.
Vendrían de él los
extranjeros? Todo era enigma, todo era
cuchillo,
todo era soledad, sòlo la línea
roja viviente palpitaba,
tragando las entrañas
amarillas del reino enmudecido que moría.
Entrò Valverde
con la Muerte entonces.
"Te llamarás Juan", le
dijo mientras preparaba la
hoguera.
Gravemente respondiò:
"Juan, Juan me llamo para morir",
sin comprender ya ni la
muerte.
Le
ataron el cuello y un
garfio
entrò en el alma del
Perú.
16 elegía
Solo, en las
soledades quiero llorar como los ríos,
quiero
oscurecer,
dormir como tu antigua noche mineral.
Por qué
llegaron las llaves radiantes
hasta las manos del bandido?
Levántate, materna Odio, descansa tu secreto
en la fatiga larga de esta
noche y echa en mis venas tu
consejo.
Aún no te pido el sol dé, los
Yupanquis. Te hablo dormido, llamando
de tierra a tierra,
madre peruana, matriz cordillera.
Còmo entrò en tu arenal
recinto la avalancha de los puñales?
Inmòvil en tus
manos, siento extenderse los metales
en los canales del
subsuelo.
Estoy hecho de tus
raíces, pero no entiendo, no me entrega
la tierra su
sabiduría, no veo sino noche y noche
bajo las tierras
estrelladas. Qué sueño sin sentido, de
serpiente,
se arrastrò hasta la línea
colorada? Ojos del duelo, planta tenebrosa.
Còmo llegaste a este viento
vinagre, còmo entre los peñascos de la ira
no levantò Capac su
tiara de arcilla deslumbrante?
Dejadme bajo
los pabellones
padecer y hundirme
como la raíz muerta que no dará
esplendor.
Bajo la dura noche
dura bajaré por la tierra hasta
llegar
a la boca del
oro.
Quiero extenderme en la piedra
nocturna.
Quiero llegar allí con la
desdicha.
17
las
guerras
Más tarde
al Reloj de granito
llegò una llama
incendiaria. Almagros y Pizarros y Valverdes,
Castillos y Urías y
Beltranes se apuñaleaban repartiéndose
las traiciones
adquiridas, se robaban la mujer y el oro,
disputaban la
dinastía. Se ahorcaban en tos corrales,
se colgaban en los
Cabildos. Caía el árbol del saqueo
entre estocadas y
gangrena.
De
aquel galope de Pizarros en los linares territorios
naciò un silencio
estupefacto.
Todo estaba lleno de
muerte y sobre la agonía arrasada
de sus hijos
desventurados, en el territorio (roído
hasta los huesos por las
ratas), se sujetaban las entrañas
antes de matar y
matarse.
Matarifes de còlera y
horca, centauros caídos al lodo
de la codicia,
ídolos quebrados por la luz del oro,
exterminasteis vuestra
propia estirpe de uñas sanguinarias
y junto a las rocas
murales del alto Cuzco coronado,
frente al sol de espigas más
altas, representasteis en el polvo
dorado del Inca, el
teatro de los infiernos imperiales:
la Rapiña de hocico
verde, la Lujuria aceitada en sangre,
la Codicia con uñas de
oro, la Traiciòn, aviesa
dentadura,
la Cruz como un reptil
rapaz, la Horca en un fondo de nieve,
y la Muerte
fina como el aire
inmòvil en su
armadura.
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